“Puedo solucionar esto”, Terry Gou, fundador de Foxconn en la llamada a Tim Cook que cambió la historia de Apple
Estamos en el año 1999 y Tim Cook lleva poco más de un año desempeñándose como director de operaciones de Apple. Su llegada fue considerada una apuesta arriesgada por parte de Steve Jobs, pero resultó ser un éxito rotundo. Cook cimentó su posición al llegar a la cumbre directiva (CEO) de la compañía quince años después, un puesto que conquistó gracias a su capacidad para gestionar crisis industriales complejas, como las vividas ese año en el proceso de manufactura del innovador iMac G3.
Por su parte, Terry Gou, empresario taiwanés y fundador de Foxconn, era hasta entonces una figura con escaso perfil fuera de China y Taiwán. Sin embargo, una comunicación realizada a Tim Cook en un momento decisivo le otorgó una relevancia monumental, transformándolo en el principal socio de manufactura de Apple e irrevocablemente alterando la estrategia operativa global de la firma californiana.
El lanzamiento del iMac G3 en 1998 fue un renacimiento para Apple. Tras períodos marcados por grandes pérdidas y productos que no conectaban con el público masivo, este ordenador diseñado bajo el mandato de Steve Jobs logró ser un fenómeno comercial inmediato. El desafío surgió rápidamente: la demanda superó drásticamente cualquier cálculo de producción, haciendo del suministro suficiente la máxima prioridad operativa.
Originalmente, Apple realizaba gran parte del montaje de sus computadoras en instalaciones propias repartidas por Estados Unidos, Singapur e Irlanda. No obstante, la compañía determinó que su modelo interno ya no era sostenible para sostener el crecimiento exponencial generado por el iMac. La solución estratégica fue adoptar un giro audaz: delegar una mayor parte de su proceso a fabricantes externos.
El primer socio clave elegido fue LG. Esta corporación surcoreana ya estaba encargándose del ensamblaje del monitor CRT, cubriendo cerca del 90% del iMac. Apple decidió ir más allá, transfiriendo también el montaje final total del dispositivo. Paralelamente, la empresa comenzó a reducir su plantilla en sus propias fábricas, pues se dio cuenta de que su valor ya no residía en la fabricación física, sino en la coordinación integral de los procesos productivos.
Como resultado, LG estableció dos grandes centros de producción: uno ubicado en Gales (Reino Unido) y otro en México. A primera vista, el plan parecía ideal: permitiría producir cerca de cada consumidor, mitigando riesgos aduaneros e manteniendo una elevada capacidad de entrega. Sin embargo, la realidad operativa se desvió dramáticamente del diseño inicial.
El proyecto industrial de LG en Gales nació bajo un enorme optimismo. El gobierno británico lo promocionó como uno de los mayores picos de inversión industrial para la región, y Apple fue su cliente principal. No obstante, el inicio de la producción ocurrió antes de que la fábrica estuviera completamente terminada, creando problemas inmediatos.
Los empleados se vieron forzados a mantener turnos superiores a las quince horas diarias mientras grandes secciones del edificio aún estaban en construcción, careciendo de sistemas calefactores y con paredes inacabadas. A pesar de estas condiciones adversas, Apple mantuvo una presión constante para aumentar los volúmenes de producción. Los contratiempos se multiplicaron: hurtos de discos duros, retrasos permanentes y disputas sobre la calidad del proceso entre LG y Apple. Incluso detalles tan específicos como replicar el sistema logístico de Singapur resultaron problemáticos sin adaptarse al clima gales. La tensión era máxima.
La situación llegó a un punto crítico: los propios operarios apodaron la línea de montaje “la línea de las tostadoras”, en referencia a pequeños incendios ocasionales causados por condensadores defectuosos. Mientras LG defendía que el problema emanaba del diseño original de Apple, esta última exigía soluciones inmediatas para sostener ritmos frenéticos. En México, el panorama no fue más sencillo; un incendio paralizó la producción durante varias semanas. Además, Apple tuvo dificultades para pronosticar qué colores tendrían mayor aceptación. Peor aún, LG no respetaba los planes que venían de Cupertino, optando por manufacturar modelos más fáciles en lugar de aquellos demandados realmente en el mercado.
La relación entre ambas corporaciones se estaba deshilachando visiblemente. Apple requería un socio capaz de reaccionar con dinamismo a cambios constantes; LG, acostumbrada a manejar productos menos complejos, no podía seguir el ritmo vertiginoso que exigía la demanda del iMac. Fue en este momento de crisis cuando Tim Cook comenzó activamente la búsqueda de una alternativa más robusta.
Los representantes de LG asumían erróneamente que su dependencia con Apple sería continua, considerando su participación activa en la creación inicial y el vasto acervo de documentación técnica necesaria para una producción masiva. Sin embargo, estaban ajenos a dos evoluciones estratégicas ya impulsadas por Apple.
La primera consistía en que los ingenieros de Apple habían reestructurado casi completamente el iMac para su siguiente versión: utilizaba una arquitectura avanzada y diferente, eliminando componentes clave y disminuyendo notablemente los costos de producción. Esto hacía obsoleta la principal ventaja competitiva que LG creía poseer.
El segundo avance se gestaba a miles de kilómetros. Una compañía taiwanesa llamada Hon Hai Precision llevaba tiempo estudiando cómo replicar las capacidades productivas de LG, preparándose para convertirse en un proveedor secundario del iMac. Su fundador era Terry Gou.
Cuando Gou tuvo conocimiento de las dificultades operacionales que Apple enfrentaba en Gales y México, contactó directamente al nuevo responsable de operaciones de la compañía: Tim Cook. Su mensaje fue directo e impactante: “Yo puedo solucionar este problema”.
Este encuentro telefónico marcó el inicio de una alianza corporativa crucial para toda la industria tecnológica. Foxconn, filial de Hon Hai, no buscaba solo diseñar productos como otros fabricantes taiwaneses; su ambición era convertirse en el socio principal de Apple, incluso para líneas de producto que ni siquiera se habían concebido aún.
Para consolidar esta posición, Foxconn implementó una estrategia agresiva: integrarse cada vez más profundamente en la cadena de suministro. No solo controlaban el aprovisionamiento de componentes, sino que asumían los altos costes iniciales de maquinaria para fabricar novedades, garantizando así una respuesta ágil a cualquier giro estratégico de Apple. Ningún competidor era capaz de igualar tal compromiso.
Tim Cook encontró el socio ideal para llevar al límite su enfoque obsesivo en la eficiencia logística. Apple podía dedicar sus recursos al diseño y la venta de tecnología punta, mientras que Foxconn asumiría la tarea monumental de escalar la fabricación con una velocidad sin precedentes. Esta filosofía sentaría las bases del éxito continuo de la compañía.
En 1999, Foxconn era todavía un fabricante poco conocido fuera del ámbito asiático. Con el transcurso de los años, se consolidó como el ensamblador electrónico más grande del mundo y el colaborador estratégico número uno de Apple. Todo este ascenso colosal comenzó con una llamada telefónica sencilla, de apenas cuatro palabras, que llegó precisamente en el momento en que Apple lo necesitaba desesperadamente.


