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Las negociaciones no son comerciales: Canadá, Estados Unidos y México

Las negociaciones no son comerciales: Canadá, Estados Unidos y México

“Resulta imposible aceptar su propuesta y tampoco estamos dispuestos a concederles lo que demandan”. Con estas palabras, Carney argumentó la fractura en los acuerdos comerciales entre Ottawa y Washington. De acuerdo con el mandatario, las pretensiones de la Unión Americana ponían en riesgo sectores clave de la economía, la salvaguarda del idioma francés y la autonomía del país para fijar alianzas comerciales con terceros.

En otras palabras, el conflicto trascendió el ámbito de los impuestos a la importación para transformarse en un escenario insostenible tanto para el sector automotriz como para la soberanía económica canadiense. Para diversos analistas, una alianza bilateral con más de 150 años de historia ha llegado a su punto de quiebre.

Es importante señalar que Carney asumió el mandato hace doce meses, impulsado por una plataforma política que supo canalizar el descontento popular ante las advertencias de Trump sobre la posibilidad de convertir a Canadá en el estado número cincuenta y uno. Por esta razón, y considerando los comicios provinciales programados en Quebec para el próximo 5 de octubre, mostrar debilidad frente a la Casa Blanca implicaba un costo político superior al de enfrentar una disputa arancelaria.

No obstante, de acuerdo con declaraciones previas del propio magnate estadounidense: “No necesitamos nada de lo que tiene Canadá, no necesitamos nada de lo que tiene México”; la realidad económica reflejada en las estadísticas cuenta una historia muy distinta.

La superpotencia del norte mantiene una fuerte dependencia de los recursos canadienses, tales como la potasa, el petróleo, la energía eléctrica y múltiples cadenas de suministro industrial. Por este motivo, la legisladora republicana Susan Collins, quien busca la reelección en el estado de Maine, calificó como una equivocación la imposición de nuevas tarifas a los productos canadienses, advirtiendo que esta medida encarecerá de manera notable el costo de vida para los ciudadanos estadounidenses.

La tradicional ventaja que el Partido Republicano presumía en materia económica se ha desvanecido casi por completo, un hecho que la administración de Carney conoce a la perfección. Respaldada por el respaldo social, la nación norteña aplicará gravámenes equivalentes, bajo la fórmula de dólar por dólar, a partir del próximo 8 de septiembre, con la mira puesta en las elecciones legislativas de medio término en Estados Unidos fijadas para el 3 de noviembre. De este tipo de decisiones dependen, en gran medida, los futuros triunfos en las urnas.

Por otro lado, tratándose de territorio mexicano, Trump condicionó la amenaza de aranceles a asuntos relacionados con el tráfico de fentanilo, la seguridad pública y el narcotráfico. Posteriormente, dio marcha atrás a dichas medidas al reconocer los esfuerzos del gobierno mexicano, evidenciando así su disposición a utilizar el acceso a su mercado interno como una herramienta de presión para alcanzar metas que van más allá del intercambio estrictamente comercial.

La presión diplomática sobre México se ha mantenido constante al elevar la problemática de los cárteles de la droga a la categoría de seguridad nacional. Como respuesta, el gobierno mexicano ha incrementado la colaboración bilateral, haciendo hincapié de manera reiterada en la salvaguarda de su soberanía y de la integridad territorial.

Sin embargo, de manera paralela, las conversaciones en torno al T-MEC integran un concepto cada vez más amplio de seguridad económica que abarca desde la industria automotriz, el acero y el aluminio, hasta la reducción de la dependencia comercial con China y otras naciones. Esto sucede a pesar de que la presidenta Sheinbaum ha insistido en que las mesas de diálogo conservan un carácter estrictamente comercial. Pese a ello, los ámbitos formales pueden mantenerse separados en el plano legal, aunque los mecanismos de presión política permanezcan conectados.

Adicionalmente, la nación latinoamericana cuenta con su propia dinámica electoral: el 6 de junio de 2027 se renovarán en su totalidad la Cámara de Diputados y diecisiete gubernaturas estatales. El partido gobernante, Morena, encarará dichos comicios lidiando con fricciones internas, pugnas por la designación de candidaturas y una mandataria que continúa consolidando su propio liderazgo frente a las distintas facciones de su movimiento político.

De este modo, tres naciones que operan bajo calendarios electorales completamente distintos dificultan cualquier intento por equiparar las posturas de negociación entre ellas.

Lo evidente es que el líder estadounidense está transformando un esquema de carácter trilateral en una serie de negociaciones bilaterales. Al entablar tratos por separado tanto con Canadá como con México, aprovecha las asimetrías particulares de cada contraparte y deja en claro que el comercio internacional ha dejado de ser una herramienta de política económica para convertirse en un instrumento de política interna.

Los Estados Unidos también dependen fuertemente de México en rubros como la industria automotriz, la fabricación de autopartes, la manufactura, el sector agrícola y las cadenas de valor. Esta interdependencia no es unidireccional y, probablemente, antes de evaluar las concesiones que está dispuesta a otorgar, la administración mexicana deba definir con claridad cuáles son los límites que no está dispuesta a cruzar.

Existe una compleja e incómoda interdependencia con el vecino del norte, pero esa misma condición representa una ventaja estratégica y un punto de encuentro fundamental. Es imperativo combatir de manera conjunta al crimen organizado y salvaguardar la integración comercial de la región. Colaborar no equivale a subordinarse, de la misma manera que mantener una postura firme no implica caer en la confrontación directa.