Mil panes diarios hechos con amor: la historia de César, el joven guardián del pan lagunero
César Alejandro Carrillo Moreno, de 21 años, ha dedicado sus primeros años profesionales a la panadería, especializándose en el pan francés y el pan de azúcar, dos elementos fundamentales en la cultura gastronómica de La Laguna. La fragancia característica de la harina recién tostada y la manteca flota en el aire, invadiendo cada rincón de la panadería en la que trabaja. Con paciencia y disciplina, César ha conseguido dominar estos tradicionales procesos.
El destino de César parecía estar en pausa a los 16 años, cuando la preparatoria no resultó ser la mejor opción para él. Sus padres, preocupados, le sugirieron que no se quedara de brazos cruzados. El camino hacia la panadería fue impulsado por su padre, quien repartía el pan de La Cipreses en las calles de la ciudad. Inicialmente, César ayudaba en la preparación de la masa, buscando un ingreso y una oportunidad para regresar a la escuela.
No obstante, el encanto del pan y la panadería lograron capturarlo, convirtiéndolo en un trabajador constante. Encontró un desafío en un oficio milenario, donde enfrentó a hombres experimentados y expertos, quienes a menudo se mostraban cínicos. Sin embargo, César tuvo la suerte de encontrar instructores generosos y dispuestos a compartir sus conocimientos.
Los primeros meses fueron un desafío. César cometía errores, su pan no siempre salía perfecto y la paga era modesta. Sin embargo, su perseverancia y dedicación llevaron a que comprendiera los secretos del pan francés y el de azúcar. Pronto, el pan que preparaba se destacó por su textura y sabor, alcanzando una popularidad que superaba a la de los maestros.
Para César, el secreto detrás del pan perfecto radica en la paciencia y la atención a los detalles, más que en ingredientes exóticos. En su panadería, el tiempo no se mide por los relojes, sino por la textura del pan y el crujido de las palas de madera. César aprendió a moldear su propia fórmula, encontrando el equilibrio perfecto entre el amor por el oficio y la pasión por la creación del pan.
César labora en la panadería durante la jornada, moldeando, estirando y horneando cerca de mil panes diarios. Al final del día, sus charolas quedan vacías, ya que todo se vende. Su trabajo está respaldado por el paladar fiel de Torreón, que aprecia la tradición y la calidad del pan que produce.
A las puertas del Tercer Festival del Pan Francés en la Plaza Mayor de Torreón, César extiende su invitación a todos los comensales, especialmente a los que vienen desde fuera de la región. En la panadería, César ha encontrado su lugar en el mundo, convirtiéndose en una figura representativa de la continuidad de la tradición lagunera.


