La independencia y soberanía económica no se alcanzará con arengas
Cada 15 de septiembre, México celebra su independencia, un hecho indudablemente histórico que ha enfrentado numerosos desafíos políticos y sociales. Sin embargo, la pregunta que persiste es: ¿en qué medida la economía mexicana puede considerarse verdaderamente independiente en la actualidad? El tema no se reduce a la supuesta autosuficiencia en materias primas, ya que el déficit en esos sectores es un hecho reconocido y debatido. El problema se centra en las estructuras que hoy sostenían el crecimiento y la estabilidad financiera del país y que, en gran medida, están fuera del control soberano.
En los últimos trimestres, el sector externo ha sido el principal factor que ha prevenido que la economía se hundiera en una recesión más profunda. Mientras la inversión privada nacional se mantiene cautelosa, esperando mayores certezas, y el consumo interno se mantiene contenido, aún a pesar de una mejoría aparente en los ingresos, las exportaciones han sido cruciales para mantener el crecimiento económico. No obstante, la naturaleza de ese motor económico es compleja: el valor agregado nacional en las exportaciones manufacturadas ronda apenas el 48% del total, lo que significa que casi la mitad de lo que México vende al exterior corresponde a insumos importados que solo se ensamblan en el país. Además, la inversión extranjera directa, aunque no ha disminuido, se ha vuelto más cautelosa y menos expansiva, limitándose a sostener operaciones existentes y no a generar nuevas oportunidades de empleo ni transferir tecnología de manera significativa.
El comercio exterior dinámico es una fuerza positiva, no un defecto; sin embargo, el matiz que aparece es que este pilar económico está perdiendo el respaldo de un Tratado de Libre Comercio de América del Norte (T-MEC) que se encuentra en revisión y que ya no será el mismo. El motor que sostiene el crecimiento actual depende de una negociación trilateral en la que México participa pero no decide con verdadera capacidad soberana. Este fenómeno se refleja también en las remesas, que en los últimos años han registrado récords anuales de 60 mil millones de dólares, pero este aumento se debe más a la necesidad de apoyar el gasto de los hogares y a la pérdida de poder adquisitivo, que a un mayor número de migrantes trabajando o a mejores condiciones para ellos. En estados como Guerrero, Michoacán, Zacatecas o Chiapas, donde las remesas representan entre 12% y 16% del PIB estatal, ese ingreso no es un apoyo extra para el bienestar: es el sostén de una economía regional que se ha vuelto dependiente de las decisiones migratorias que se toman en Washington, no en México. De hecho, el número de remitentes ha venido cayendo por el endurecimiento de los controles migratorios.
Algo parecido ocurre con las finanzas públicas. La deuda pública ha duplicado su monto, restando libertad de acción a la administración gubernamental. El Saldo Histórico de los Requerimientos Financieros del Sector Público alcanzaría 21.6 billones de pesos al cierre de 2027, el nivel más alto desde que hay registro, equivalente a poco más de la mitad del PIB. Lo relevante no es solo el monto, sino su costo: pagar los intereses de esa deuda le cuesta hoy al erario más de lo que se invierte en salud y educación pública. México conserva su grado de inversión (si bien en los últimos escalones) y buena parte de esa deuda está en pesos y a tasa fija, lo cual reduce riesgos cambiarios. Pero cada peso adicional que se destina a pagar intereses es un peso menos disponible para hacer política pública sin llamar la atención de las calificadoras y de los mercados internacionales. El margen de maniobra del país se ha ido estrechando.
A esto se suma la dependencia en el suministro de energéticos y alimentos básicos. México importa entre 70% y 75% del gas natural que consume y más de la mitad de su gasolina, y produce menos de la mitad del maíz y menos de un tercio del trigo que necesita. Este no es un fenómeno reciente, sino la base sobre la que se asientan los demás problemas económicos.
Aunque la independencia política y simbólica celebrada en septiembre es innegable, la independencia económica que falta construir se mide en el valor agregado de lo que exportamos, en si las familias mexicanas dependen de la política migratoria de otro país para llegar a fin de mes, y en cuántos pesos de cada presupuesto se van a pagar deuda en lugar de invertirse en algo productivo. México no perdió su soberanía económica en una guerra ni en un tratado impuesto: lo está haciendo con decisiones propias y por una distorsionada política económica.


