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Pinturas de castas coloniales: qué son y qué esconden

Pinturas de castas coloniales: qué son y qué esconden

Las famosas pinturas de castas coloniales constituyen una serie artística única de óleos elaborados en la Nueva España durante el siglo XVIII. Estas obras representaban, de manera visual y sistemática, las diversas combinaciones raciales que surgieron del cruce entre personas de ascendencia española, indígena y africana. Cada conjunto temático solía estar compuesto por 16 paneles: mostraban un hombre, una mujer y uno o dos descendientes, junto a una inscripción que detallaba la “casta” resultante, como mestizo, mulato, castizo o coyote.

Artistas destacados realizaron estas piezas en los centros urbanos de México y Puebla. Entre ellos se encuentran Miguel Cabrera, Juan Rodríguez Juárez y Luis de Mena. Hoy día, la vasta colección más grande del mundo reside en el Museo de América de Madrid, con un total de 133 obras, mientras que en México, series representativas pueden ser vistas en el Museo Nacional del Virreinato en Tepotzotlán.

El valor de este género artístico persiste hoy en día porque estas pinturas representan casi el único registro visual detallado de la vida diaria durante el periodo colonial mexicano; es importante recordar que gran parte de la pintura de esa época se enfocaba en temas religiosos o cortesanos. Además, los debates socioculturales sobre raza, mestizaje e identidad presentes en las obras siguen siendo relevantes hasta la actualidad. Analizar lo que estas pinturas exponen y lo que distorsionan permite reinterpretar profundamente la historia de México.

El origen del género se remonta a 1710, cuando el virrey Fernando de Alencastre Noroña y Silva encargó una serie con un propósito específico: presentar al rey Felipe V las mezclas raciales que caracterizaban a la población de la Nueva España. Desde este primer encargo, dos fuerzas distintas impulsaron su desarrollo en paralelo: por un lado, la filosofía ilustrada europea, fascinada por clasificar y catalogar el mundo natural y humano; y por otro, un sentimiento de orgullo criollo que buscaba mostrarle a la metrópoli una sociedad organizada y próspera, refutando la imagen del caos racial que Europa imaginaba.

Numerosas colecciones de estas series viajaron hasta España, sirviendo como regalos diplomáticos o meras curiosidades. Algunas terminaron en el Real Gabinete de Historia Natural de Madrid, fundado por Carlos III en 1771. Con las reformas impulsadas por los Borbones a mediados del siglo XVIII, el enfoque pictórico experimentó un cambio notable: algunas series empezaron a documentar a las castas con raíces africanas en escenas de violencia o embriaguez, transformando así la crónica costumbrista en una herramienta argumentativa de jerarquía social.

El género llegó a su fin con la guerra de Independencia; formalmente, al abolirse el sistema legal de castas en 1821, la función política y artística del género perdió sentido.

La autoridad académica más reconocida sobre este tema es Ilona Katzew, curadora del LACMA. Su obra *Casta Painting: Images of Race in Eighteenth-Century Mexico* (Yale University Press, 2004) ha generado innumerables lecturas entre historiadores del arte y constituye la base de cualquier estudio serio.

El diseño de las 16 escenas no es casual. Refleja el esfuerzo ilustrado por mapear matemáticamente todas las combinaciones posibles de tres grupos raciales a través de generaciones sucesivas. Según Katzew, este género postulaba que las mezclas paulatinas entre españoles e indígenas llevarían finalmente al nacimiento de un individuo clasificado como español—lo que se conoce como “blanqueamiento”—, mientras que la mezcla con ascendencia africana era representada como una degeneración irreversible. Sin embargo, esta no era una descripción biológica: era una manifestación de la ideología colonial revestida del lenguaje científico.

Además, Katzew señala que la representación de la fauna y flora locales funcionaba como un argumento patriótico criollo. Mostrar la rica biodiversidad de la Nueva España constituía una manera de reivindicar el territorio y a sus habitantes ante una metrópoli que los observaba con evidente condescendencia.

Es crucial desmentir algunos mitos: Primero, las pinturas no son un reflejo veraz de una sociedad rígidamente estratificada por raza. La vida novohispana era más compleja y fluida; el verdadero estatus social dependía más del patrimonio económico que del color de la piel, permitiendo incluso a individuos con ascendencia indígena o africana acceder a las clases altas si contaban con suficientes recursos. Las obras son así una aspiración normativa, no un retrato fidedigno.

Otro mito es creer que los nombres de castas eran categorías legales universales y uniformes en todo el Virreinato. Dichos términos variaban considerablemente entre diferentes pintores, regiones y épocas históricas; muchos carecían incluso de respaldo legal preciso. En esencia, se trató de un sistema pictórico e ideológico, no un código jurídico estable.

Finalmente, la idea de que estas pinturas fueron encargadas exclusivamente por la Corona para ejercer control poblacional es inexacta. Una parte significativa fue comisionada y acumulada por criollos como una manifestación de su propia identidad frente a España. Katzew documentó cómo el género también transmitía lo que ella denomina “Creole pride”.

A nivel mundial, la mayor concentración se halla en el Museo de América de Madrid (133 piezas). En México, la colección más accesible es la del Museo Nacional del Virreinato, ubicado en Tepotzotlán. Otras instituciones importantes incluyen colecciones en Estados Unidos como LACMA y los museos de Boston y Chapel Hill. Dado que los museos suelen rotar exposiciones e intercambiar obras, siempre se recomienda verificar la disponibilidad antes de realizar una visita.

Es importante señalar que no existe un número definitivo, ya que las series continúan registradas en colecciones tanto públicas como privadas. Sin embargo, el Museo de América de Madrid mantiene, hasta donde se sabe, la colección institucional más extensa con 133 obras.

Curiosamente, este género pictórico fue predominantemente novohispano; el único ciclo conocido proveniente de Perú fue enviado por el virrey Manuel Amat y Juniet al príncipe Carlos IV en 1770. Una vez que la Independencia marcó el año 1821 y se abolieron las jerarquías legales basadas en castas, este tipo de producción artística cesó definitivamente.