Humedales: por qué son esenciales para el agua y la vida
Los humedales: por qué estos “pantanos” valen tanto para el planeta
¿Cómo es posible que un ecosistema tan despreciado durante siglos, por sus mosquitos, barro y reputación de insalubre, resulte ser uno de los más valiosos del planeta? Los humedales cargaron con una mala fama que hoy sabemos injusta. Se desecaron a gran escala para ganar tierras de cultivo, para construir o simplemente porque parecían un espacio “sin aprovechar”. Pero, sin embargo, trabajan sin descanso, y gratis, en tareas que a nosotros nos costaría enormemente replicar.
La definición de humedal es más amplia de lo que se podría suponer. Un humedal es, en esencia, un terreno donde el agua es la protagonista: lo cubre de manera permanente o temporal, y condiciona la vida de plantas y animales que pueden prosperar allí. Se incluyen en esta definición marismas, turberas, manglares, lagunas, llanuras de inundación de ríos, carrizales y arrozales tradicionales, que funcionan en parte como humedales artificiales.
En España encontramos ejemplos muy distintos entre sí. Doñana, en el suroeste, es un ejemplo de marismas, dunas y lagunas. Las Tablas de Daimiel, en La Mancha, dependen de un delicado equilibrio entre los ríos Gigüela y Guadiana. El Delta del Ebro es una extensa llanura de sedimentos que avanza hacia el Mediterráneo. Y en la alta montaña, hay turberas pequeñas, casi secretas, que pasan desapercibidas a cualquier excursionista despistado.
Lo que los une no es el aspecto, sino la lógica: allí el agua se queda, se mueve despacio y teje una red de vida muy particular. Si se describiera el trabajo de un humedal con una sola imagen, la de una esponja sería la más acertada. Cuando llegan lluvias intensas o crece un río, estos terrenos absorben parte del exceso y lo sueltan poco a poco. Así amortiguan las crecidas y alimentan los cursos de agua en épocas más secas. Un tramo de río con su llanura de inundación intacta se comporta de forma muy distinta a uno encajonado entre muros.
Hay también un efecto de depuración. Al circular lentamente entre vegetación y sedimentos, el agua pierde parte de lo que arrastra: restos de nutrientes, partículas en suspensión y otras sustancias. Las raíces y los microorganismos del fondo hacen buena parte del trabajo. Por eso se construyen humedales artificiales para tratar aguas en pequeñas poblaciones: imitan lo que la naturaleza lleva haciendo desde siempre.
Y queda el capítulo del carbono, quizás el más sorprendente. En una turbera, la materia vegetal muerta no se descompone del todo porque el encharcamiento priva de oxígeno a los organismos que normalmente la degradarían. Se va acumulando capa sobre capa, durante milenios, y el carbono queda retenido. Las turberas ocupan una fracción pequeña de la superficie terrestre, pero almacenan una cantidad de carbono enorme, mayor que la de todos los bosques del mundo juntos según las estimaciones habituales. Los manglares y las marismas costeras, por su parte, también atrapan carbono en sus suelos con notable eficacia.
Mucho más de lo que sugiere su aspecto tranquilo. Los humedales son criaderos naturales: anfibios que dependen del agua somera para reproducirse, peces jóvenes que se resguardan entre las raíces, libélulas cuyas larvas pasan meses bajo la superficie, nutrias, galápagos, garzas. Los manglares sirven de guardería a numerosas especies de peces y crustáceos que luego se pescan en mar abierto, de modo que su salud repercute en la despensa de comunidades costeras enteras.
La vegetación también tiene sus estrategias. Los carrizos y las eneas toleran el encharcamiento. Los mangles filtran o expulsan la sal. Las plantas carnívoras de algunas turberas, como las droseras, compensan la pobreza de nutrientes del suelo atrapando pequeños insectos. Cada humedal es un taller de adaptaciones al agua y a sus extremos: a veces demasiada, a veces ninguna.
Esa variabilidad es clave. Muchos humedales se secan en verano y se llenan en otoño, y la vida que albergan está ajustada a ese pulso. Lo que a ojos humanos parece un terreno “estropeado” porque se seca es, a menudo, un sistema funcionando exactamente como debe.
La respuesta tiene que ver con la mirada de cada época. Durante buena parte del siglo XX, en muchos países, secar una laguna se consideraba progreso: más tierra cultivable, menos mosquitos, más terreno urbanizable. Se drenaron marismas, se canalizaron ríos y se rellenaron lagunas costeras. Hoy sabemos que buena parte de esa superficie desapareció, y que recuperarla es lento y costoso.
Por eso se han emprendido proyectos de restauración en distintos lugares del mundo: reabrir antiguos cauces, volver a inundar terrenos drenados o reponer la vegetación original. No siempre devuelven el humedal tal como era, pero muchos recuperan funciones esenciales con sorprendente rapidez, y las aves y los anfibios suelen ser los primeros en volver.
Si se resumen los servicios de los humedales en términos técnicos, un humedal sano regula el ciclo del agua, mejora su calidad, retiene carbono en suelos saturados, ofrece hábitat a una biodiversidad desproporcionada para su tamaño y protege las costas frente al oleaje y la erosión. Todo ello ocurre a la vez, sin maquinaria ni consumo energético, y esa combinación de funciones es lo que convierte a estos terrenos en infraestructura natural de primer orden. Quien los llamó “pantanos” subestimaba, con mucho, lo que tenía delante.


